Cuando el humanismo acentuó el motivo científico natural del control, más que el motivo de la libertad, buscó el último fundamento de la certeza en el pensamiento matemático y científico natural. Los humanistas estaban convencidos de que sólo el método de pensamiento desarrollado por las matemáticas modernas y la ciencia natural enseña a los hombres a conocer la realidad como es “en sí misma”, despojada de todas las adiciones subjetivas y errores de la conciencia humana de las que somos víctimas en la experiencia ingenua de la vida cotidiana. ¡El nuevo ideal de la ciencia llegó con grandes pretensiones! Sólo él podía develar el verdadero orden y coherencia de la realidad.

Sin embargo, precisamente en este punto surgieron las primeras dudas acerca del valor de las ciencias exactas. La ubicación del fundamento de la certeza se hallaba en los conceptos exactos de la conciencia subjetiva. Pero, entre más exploraban los hombres esta conciencia subjetiva misma, más insistente se volvía la pregunta por el origen real de los conceptos matemáticos y científico naturales. ¿De dónde derivaron estos conceptos su contenido? Uno no podía negar que los niños y los pueblos primitivos no los poseían. Debían por lo tanto haberse originado en el transcurso del tiempo. Pero, ¿a partir de qué los formamos? Aquí el problema del conocimiento teórico fue inmediatamente vertido en términos sicológicos. Se supuso que la conciencia humana interna sólo tenía una ventana hacia el “mundo externo”. Esta ventana era la percepción sensorial tal y como funcionaba en el aspecto del sentimiento. Si se le da un seguimiento consistente, esta suposición implica que el origen de los conceptos matemáticos y científicos naturales sólo puede encontrarse en las impresiones sensoriales del mundo externo. Pero a partir de estas impresiones uno no podía derivar ni relaciones matemáticas exactas ni las leyes mecánicas de la causa y el efecto que constituían el fundamento de la mecánica clásica.

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