Ya había publicado entradas acerca de Calvino como predicador, de supredicación como un arte, como un “profeta contemporáneo” como lo han denominado Hoogstra y otros en una recopilación realizada para el festejo de los 450 años del nacimiento del reformador. Él mismo, Calvino, en sus sermones acerca de Job, ha dicho que los profetas y predicadores son órganos del Espíritu. Cottret nos dice que Calvino es un hombre que, a pesar del desgaste físico, habla bajo el impulso del Espíritu. Pero, si Calvino era profeta en el sentido de que la palabra de su predicación era de exhortación, edificación y consolación (1 Co. 14:3), ¿que significaba para él la profecía? ¿Es parecida a lo que hoy se da como profecía, en donde cada uno profetiza de su propio corazón (Jr. 23:29-32)? ¿Fue parecida a la profecía de Roma, que abandonaba la Escritura en pos de inventos humanos? Denis Crouzet nos dice que para Calvino:
“Hablar se vuelve, entonces, un escucharse a sí mismo, puesto que en él, en el corazón que se experimenta la fe, se encuentra el Espíritu que proporciona la enseñanza de Dios, se encuentra el conocimiento de Dios allí arraigado desde entonces. Por otro lado, Calvino le dirá al cardenal Jacques Sadolet que agradece a Dios el haberle iluminado con la «claridad» de su Espíritu que, para él, es instrumento de un pensamiento verdadero, al poner ante sí la Palabra, representada como una «antorcha» (…) Él mismo no es más que un repetidor, un órgano de repetición de Dios, mediante el uso de la voz o de la escritura, mediante el consejo o la defensa.