Una visión onírica Miércoles, Nov 11 2009 

“Este es mi pacto con ellos: Mi Espíritu que está sobre ti, y mis palabras que he puesto en tu boca, no se apartarán de tu boca, ni de la boca de tu descendencia, ni de la boca de la descendencia de tu descendencia–dice el SEÑOR– desde ahora y para siempre” (Isaías 59:21).

Pensé: ¿Esto es lo que hubieran querido de Dios los cautivos en Babilonia? Pudiera ser que no. No religión sino mejora política, que se terminara el exilio y fueran otra vez económicamente prósperos. Un país nuevo. Y Dios dijo eso sí pero después. Las estructuras cambian si los hombres cambian. Y los hombres cambian si Dios los cambia. El origen de toda genuina transformación social es el Espíritu Santo y el evangelio. No la superchería religiosa ni quimeras obreras sino la pura Biblia.

No les ayudó primero a salir de la crisis económica ni les arregló el gobierno. A la economía y a los políticos les llegaría su turno. El Señor dijo: “Voy a convertirlos a mí y después me encargo de lo otro”. Y fue así. Y se derramó su Espíritu sobre toda carne y las costas oyeron hablar de los montes, Olivos y la Calavera.
Se empezaron a montar seguros en el Metro “desde la puerta de Efraín hasta la puerta Vieja y a la puerta del Pescado, y la torre de Hananeel, y la torre de Hamea, hasta la puerta de las Ovejas”; y bajarse “en la puerta de la Cárcel” sin que alguien les asalte con un cuchillo y les quite lo que es suyo (Neh. 12:39). Los cortos viajes en bus o en avión desde Jerusalén a Gaza o Ascalón eran seguros y los fanáticos religiosos que andaban hacia Damasco fueron interceptados por una gran voz de fuego celestial y quemaron allí mismo las órdenes de arrestos diciendo “¿Señor qué quieres que hagamos?”, y explotaron sus granadas donde no había nadie.

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Teólogos vendidos al postmodernismo Jueves, Nov 5 2009 

“Cosa espantosa y fea es hecha en la tierra” (Jeremías 5: 30,31).

Se refiere a la alianza perversa entre profetas y sacerdotes corruptos, la catastrófica unión entre los que representaban la voz divina y los que la ejecutaban dentro de la religión, en las ceremonias de salvación; cosa fea era esa, o más bien, terrible. Los profetas, que eran los teólogos de ese momento debían haber provisto una teología sana para la iglesia, pero lo que hicieron fue negociar la palabra de Dios para hacer firme el engaño de las multitudes por medio de los sacerdotes. Y ¿qué decían aquellos profetas? Les decían al pueblo que no se preocuparan por las consecuencias de sus pecados que todo iría bien, no saldrían cautivos a Babilonia y seguirían prosperando. Eran mentiras. Y los sacerdotes o príncipes les creían y seguían, y oficiaban con lo que les decían la supuesta voz de Dios y transmitían al pueblo una falsa seguridad por la cual vivían sin preocupaciones espirituales de ningún tipo, haciéndole ningún caso a los auténticos profetas, que de mal gusto para ellos, les pronosticaban un irreparable derrumbe. La gente ni pensaba en castigos por el pecado porque la alianza entre teólogos y pastores les borraban de la mente cualquier inquietud. Se separaban de la ley de Dios, no les importaba leerla ni oírla porque sermones mejores, positivos y optimistas escuchaban en los púlpitos de los secuestrados por sus ambiciones de gloria y dinero, les decían lo que ellos querían oír. Ahí lo dice bien claro el texto “y el pueblo así lo quiso”.

David Wells en dice en su último libro El Coraje de ser Protestante:

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Desaliento ministerial Viernes, Oct 30 2009 

Isaías 49. 1-4

“Jehová me llamó desde el vientre de mi madre, puso en mi boca espada aguda, me dijo mi siervo eres, pero yo dije por demás he trabajado”.

Calvino comenta:

“Aunque no veamos el fruto de nuestros trabajos, podemos estar contentos por esta razón, el testimonio de nuestra conciencia que estamos sirviendo a Dios para quien nuestra obediencia es aceptable. Cristo anima a los piadosos maestros a luchar ardientemente hasta que obtengan la victoria sobre la tentación y que poniendo a un lado la malicia del mundo continúen contentos en el desempeño de su deber y no permitirle al corazón desalentarse. Si al Señor le complace probar nuestra fe y paciencia hasta el punto que no obtengamos ningún provecho de nuestra labor, debemos reposar sobre nuestra conciencia. Si no somos capaces de ser consolados con ese testimonio es que nuestra motivación de servicio a Dios no es pura sino que somos movidos por el mundo y nuestras ambiciones.

“Sin embargo aquí Cristo y la iglesia acusan al mundo de ingratitud porque ella se queja de tal manera que acusa al mundo por no dar fruto ante el evangelio que en sí mismo es eficaz y poderoso. Toda la culpa la cargan los hombres que con obstinación rechazan la gracia de Dios que una y otra vez se les ofrecen, cavando su propia destrucción… son los hombres y no el evangelio los que tienen que ser acusados de improductivo. Los ministros santos que con amargura se quejan que los hombres perecen por sus propios pecados y se sienten mal consigo mismos por no poder evitar tan grande perversidad, deben consolarse y animarse y nunca abandonar la espada y el escudo y no piensen que mejor se ocuparían en otra cosa que predicando el evangelio”

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Suspira, no bosteces Lunes, Oct 26 2009 

Salmo 119:131

“Abrí mi boca y suspiré porque anhelaba tus mandamientos”.

No dice el salmista que “mi boca abrí y bostecé” sino “mi boca abrí y suspiré porque deseaba tus mandamientos”. La palabra suspirar se usa también para las “palpitaciones del corazón”; cuando a uno le palpita el corazón por “todo el consejo de Dios”.

¿Suspiras por el retorno de épocas de oro que la iglesia ha vivido, por la vuelta de aquellos viejos tiempos y viejos profetas, que aun después de muertos sus huesos continuaban teniendo más vida que muchos vivos? ¿Por un buen sermón, que esté basado íntegramente en la Palabra de Dios, que sean los pensamientos del Espíritu Santo dejados en la Biblia?

El alma que ama la palabra de Dios suspira cuando recuerda aquellos tiempos cuando en los cultos la Biblia era lo principal y no otras cosas que han importado para adornarlo, azucararlo o hacerlo más atractivo. Recuerda que en la Ley estaba prohibido ponerle miel a los sacrificios pero no sal (Lev.2:11).

El alma de quien ama los mandamientos divinos suspira cuando lee aquellos sermones y aquellas grandes exposiciones del pasado y dice: “Oh Dios, envía hombres como Agustín, obispo de Hipona, hombres como Lutero, Calvino, Whitefield, Maclaren, que hacían arder el corazón, y se les oían sin parpadear ni a los diez minutos bostezar”. Los bancos o las sillas de las iglesias son sitios incómodos para dormir sentados, tanto como la ventana de Eutico. Y ¡cuánto agradecería uno la brevedad cuando siente que sus párpados les pesan más que una piedra de molino de asno!

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